El niño del tatuaje

Por: Aida Elías Calles

Lo primero que uno debería notar es que se presenta como Francisco Onésimo, así, severo, sin abreviar en solo Francisco, y que tiene un tatuaje de tres puntos entre el pulgar y el índice de la mano izquierda.

Dice que significan hospital, cementerio y muerte. Son las tres cosas que esperaba el papá para su hijo cuando le tomó la mano a la fuerza y le hizo el tatuaje. Hospital, porque si lo lastiman, ojalá lo atiendan ahí. Muerte, porque es mejor eso a que lo secuestren. Y en caso de morir, es preferible quedar enterrado en el cementerio que desaparecido dentro de una bolsa de plástico. Desde que el niño tenía tres años quiso el papá marcarlo. Pero Francisco Onésimo no se dejó hasta los cinco. Dice que todavía recuerda ese día. Dice que le dolió mucho.

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—¿Tienes algún otro tatuaje?

—No.

Pero con ese es suficiente. Bastan tres puntos bien metidos dentro de la piel para decirle a uno de qué va a tratar su vida. Como título grabado en la portada de piel de un libro. Rayuela, dice el libro de Julio Cortázar. Y el texto ahí contenido no puede nunca dejar de ser un juego. Crimen y castigo no puede ignorar ese sentimiento permanente de locura y culpabilidad. El título inscrito en la piel de Francisco Onésimo es Hospital, cementerio y muerte. Hasta ahora, no ha estado en ninguno de esos tres lugares. Pero vive como si los sintiera a la vuelta de la esquina.

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De niño trabajaba en un campo de chocolate en Honduras. Era un campesino, como toda su familia, que recogía cacao. Parecería el sueño de cualquier niño, estar rodeado de ese dulce color café todo el día. Excepto que el cacao puro, esa semilla que Francisco Onésimo arrancaba de los árboles, es amargo. Amargo igual que la pobreza y el crimen organizado.

—¿Cuándo fue la última vez que soñaste?

—Yo no sueño. Los otros me dicen que sí. Pero yo digo que no, nunca sueño.

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Francisco Onésimo no necesita soñar porque ya sabe lo que le espera. Lo sabe tanto, que ya acostumbró a su cuerpo a dirigirse instintivamente a esos supuestos lugares a los que pertenece. Para hablar de su vida elije sentarse en un escalón de piedra en una calle angosta, escondida entre tablas de madera de una construcción. Ahí, solo estando ahí, bajo el cobijo del lugar en el que se siente a gusto, habla de los Maras, de la huida de su país, de la Bestia, de los compañeros que se caen y quedan tirados para siempre en el monte. Habla de los secuestros y de cómo él no le tiene miedo a las balas. Y es que Francisco Onésimo no es como Edipo, que por huir de su destino termina encontrándose con él. Cuando en una de las paradas de la Bestia intentaron secuestrarlo, corrió. Corrió a pesar de que a sus espaldas gritaban “¡tírate al piso o disparo!”. Nunca dispararon. Francisco Onésimo escapó. A su compañero, el que sí se había echado al suelo, lo agarraron.

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Ya en la Ciudad de México, habiendo recorrido la mitad del camino entre Honduras y el norte de Estados Unidos, Francisco Onésimo vive sin miedo. Sufre de hambre, de frío, y de no bañarse. Pero no por miedo. Tal vez porque después de un tiempo, uno se acostumbra a la vida que lleva, ya ni la nota. El paladar, sobretodo en tiempos de hambre, se acostumbra hasta al chocolate más amargo y termina convirtiéndolo en postre. Dice que estando en el tren, cuando no dormía, veía el paisaje, “muy bonito, diferente al de Honduras”.

“Mi mamá me dijo que sembrara flores, que saliera al campo a buscar amores”. Así cantan Los Cojolites, acompañados de la jarana y el zapateo del son jarocho. A Francisco Onésimo su padre le dijo “hospital, cementerio y muerte”, acompañado del sonido de las balas que se disparan en tu tierra, del correr de los pies de los que huyen, del silencio de los pocos que se quedan. Si tan solo la melodía que acompaña a las palabras no fuera tan fuerte…

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