Quiote

Parte 2 de la historia del pueblo de Tehuacán, Puebla, contada desde los ojos de una mujer que vivió las transformaciones del lugar, y que a través de su voz busca retratar la vida cotidiana de la gente de México.

Parte 2

Mujeres llegando a la marcha por el quinceavo aniversario de la matanza de Acteal. Polhó, Chiapas, México.  Fotografía por Jorge del Río

Mujeres llegando a la marcha por el quinceavo aniversario de la matanza de Acteal. Polhó, Chiapas, México. Fotografía por Jorge del Río

         Desde esa noche que llegaron los extraños cambiaron mucho las cosas. Era gente con dinero. Por lo menos así parecían. Yo me acuerdo que miré a Ángel. Y que entre las cenizas que volaban de las brasas, le pude ver el miedo en la mirada. Es como cuando uno pierde la inocencia de repente. Se va volando como las cenizas, se ahoga en ese río de la niñez toda la infancia, y por más que te tapes la cara, uno sigue viendo con el alma.

– Tápate los ojos – le dije a Ángelito.

Pero yo sabía que él escuchaba ese pisar sordo de las botas. Que por más que se cubriera los ojos, él sentía el eco de los pasos que se acercaban, y que las voces de los extraños decían: quién anda ay.

– Pues quién pregunta.

– Andábamos na más así de paso y vimos el fuego.

– Pus sí, andamos aquí en la noche asando pencas y queda un poco de chivo, y ay también chiles toreados, por si gustan.

– ¿Cuántos hay de ustedes?

– Psss acá estamos dos familias completas.

– ¿Cuántos chamacos?

– Habrá unos diez, doce.

– Ángelito tápate los oidos…

– ¿Y ustedes pa dónde van?

– Ya le dije que na más andamos de paso.

– Ay también un poco de mezcal, por si gustan.

– Tamos bien gracias. Una pregunta.

– Diga.

– A cuánto me vendería usted a alguno de sus hijos.

– ……..

– ……..

– ……..

– ……..

Hay silencios que son muy sordos en la vida. Como el de las piedras cayendo en el vacío de los barrancos, y glup, cuando cae en el río. El silencio quizá después de una tormenta, o el silencio seco en las mejillas de tu madre cuando tu papá le da el golpe. Así quedaba el silencio entre cada chiflido que daba mi padre. Él chiflaba tres veces, desde arriba del monte, y ya sabíamos que llegaba enojado a la casa. Hay que ser siempre fiel, decía mi madre con el morado en el cachete, con el morado morado como el maíz morado.

Quizá por todos esos silencios, sentí las ganas de irme aquél día con los extraños. De subirme al coche y que los demás vieran las luces cortar el camino de noche, de ver esos faros de los frenos rojos en la distancia. Pero los pasos se alejaron, y escuché que se subían los extraños al coche, y que el ruido del motor se ahogaba a lo lejos. Ya no escuchaba el ruido del río, ni de las brasas quemando las pencas, y en la boca ya no quedaba el sabor dulce del mezcal de mi abuela.

– ¿Cuántas estrellas ves Ángelito?

– Diez.

Y siempre Ángel decía que en el cielo brillaban diez. Diez estrellas. Pero era porque solamente sabía contar hasta diez. Nos acostábamos ahí junto a los costomates, con los pies rozando los de los demás, mirando la noche clara. En las noches de siembra se ponían a fumar ahí, se ponían a tomar, y era como una lunada. Se escuchaban los coyotes entre las barrancas, y respirabas todo fresco. Y el fuego del mezquite, que prende bien bonito, ahuyentaba a todos ésos animales feos. Pero la imaginación es como una culebra, se mete y se escabulle por donde menos esperas, y de pronto ya está, esa idea, enredada, viéndote con sus ojos de plata.

Por Miguelina Salazar y Jorge del Río

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