Quiote

La historia del pueblo de Tehuacán, Puebla, contada desde los ojos de una mujer que vivió las transformaciones del lugar, y que a través de su voz busca retratar la vida cotidiana de la gente de México.

Parte 1

Si pudiera escribir mi historia, empezaría con las voces de los abuelos contando que en ese lugar no había nada. Quizá solamente el ruido del agua al caer por los peñascos, o la bruma en la tarde de las canteras, o los fuegos en época de siembra. Empezaría mi historia con alguna linda metáfora del quiote, pero hasta ahora lo entiende uno, que todo debe empezar con la llegada de los extraños al pueblo, y cuando le ofrecieron a mi papá comprar a uno de sus hijos.

Ahí a lo lejos, mientras te asoleabas con ese calor seco, veías a Inocencio entre la cosecha segar el maíz, bordeando las faldas del monte, como una sombra entre los maizales. En medio de las barrancas se desprendía el humo de los comales, de las mujeres toreando los chiles con harto sal y ajo, y el olor del mezquite quemado se respiraba como si viniera de la misma tierra, y te sentías despojada por el hambre, por el delirio de imaginar que en la noche tocaba chivo a las brasas. Por eso yo me iba para arriba, cerca del borde, en los cordones de los barrancos, donde no se respiraba tanto el mezquite ni los granos de sal asándose.  Me subía  para hacer el zanjeo, me daban un costal lleno de tierra que ni podía cargar, y a veces el propio peso te hundía los pies descalzos en la tierra, y dejabas tras de ti un soplo de polvo, que se iba levantando con el viento. Ángel, el que sabía contar hasta diez, se iba conmigo ahí a lo alto, donde refrescaba porque el sol no caía tan de golpe, y la cal de las piedras perdía su efervescencia. Hacíamos los caños con la mano, los bordos que luego parecían como gusanos enterrados, para que cuando lloviera nada más arrasara el lodazal, y se siguiera haciendo hoyo y no se llevara todo. Me acuerdo que las manos de Ángel eran más cara que manos, tenían ese don de poder sentir por más recias que fueran a la tierra, de verla, como si sus manos fueran unos ojos negros, como si fueran una cara en la noche que distingue bien las sombras, que de noche te observa.

Con tal de comer nos íbamos a trabajar a la siembra, en el campo, nos íbamos todos a la cosecha. Nos teníamos que ir de madrugada, a veces con el sereno ya habías abierto los ojos, pero a las tres de la mañana llegaban y a todos nos despertaban. Aunque hiciera frío nos teníamos que ir con ellos, y pues quien no caminara lo trepaban al burro y vámonos, eran cuatro o cinco horas pasando entre varias barrancas. Los más chicos íbamos ahí adentro, nos ponían de dos en dos en el canasto que iba pegado al burro, y a veces cuando asomabas la cara veías la humareda entre los otolines, y veías la casa que estaba arriba junto a los peñascos, perderse entre las lejanías. Ya de tarde, cuando no nos mataba el sol seco, era la lluvia la que caía a cántaros como un barro cálido sobre la piel, y entonces sí teníamos que salir corriendo por la muda creencia de que cuando está lloviendo no tenemos que andar en el monte o junto a las barrancas, porque si está el arco iris te puede llevar.  Así pasó con Inocencio, pero a él se lo llevó la crecida junto con su hija. Esa noche mi abuelita nos dio mezcal, asó las pencas y las exprimió, y nos atarantamos un poco con lo dulce, con el humo de las brasas, y con el sonido del río que se los había llevado. Me acuerdo que ahí me di cuenta de que las manos de Ángel eran más cara, porque se estaba cubriendo los ojos para poder ver, para llorar con las palmas.

Quizá con lo dulce de las pencas quedaron al desnudo los sentimientos, y el eco del río que nos recordaba la corriente que se había llevado a mi tío, parecía más como ese silencio que queda cuando uno se aleja de los riachuelos, como ese silencio que deja una muerte. Al principio pensamos que era la misma barrancada la que hacía el sonido, que seguía lloviendo en lo alto y que vendría otra crecida, pero entre las alas negras de esa noche aparecieron dos faros, y vi que Ángel por primera vez se quitaba las manos de la cara, y que veía con sus ojos la llegada de los extraños.

Señor trabajando en el campo. Oaxaca, México. Fotografía por Jorge del Río

Señor trabajando en el campo. Oaxaca, México.
Fotografía por Jorge del Río

Por Miguelina Salazar y Jorge del Río

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