Mercado de Coyoacán

El domingo en la mañana me desperté con ganas de ir a comer al mercado. Iba en busca de quesadillas y aguas frescas. Fue entonces que decidí ir a Coyoacán.

La casa de mi mamá, un puesto de comida corrida mexicana era mi objetivo y caminé alrededor de 25 minutos para llegar al mercado de Coyoacán. El trayecto fue de lo más divertido con puestos de chácharas y todo el tipo de comida chatarra que se pueda imaginar: hot cakes en forma de bob esponja y spiderman, crepas, cueritos, morelianas y raspados pasaron frente a mis ojos. Cuando llegué emocionada y hambrienta tras esa gran mezcla de olores, me encontré con una gran sorpresa: La casa de mi mamá había sido clausurada. ¿¿QUÉEE? ¿POR QUÉ? Fue mi respuesta instantánea. “Porque los canijos vendían caguamas, vodka, mezcal y eso está aquí prohibido en el mercado”. Chin y yo que ya estaba preparada para comer gorditas, sopes y hasta había pensado en una michelada.

Mis pensamientos rápidamente se vieron cesados ante un grito de mi mamá “Bueno y dónde vamos a comer, son las cuatro de la tarde y yo muero de hambre.”

Decidimos dejarnos guiar por la vista y el olfato y claro por el joven de las frutas que ante nuestra terrible decepción nos dijo “Vayan al mercado de comida que queda detrás de la Iglesia de San Juan Bautista”.

Entonces, ahí nos tienen, 4:15 de la tarde, hambrientas, caminando por las calles para llegar al mercado. Tardamos aproximadamente cinco minutos en llegar, porque el hambre sacó nuestro maratonista interno.

Al llegar lo único que veíamos eran mares y mares de gente por lo que decidimos sentarnos en el lugar más cercano a la salida pues pensábamos que era donde más aire llegaba… fue la mejor decisión.

Pedimos quesadillas de queso con frijol, de huitlacoche, de tinga con queso y de queso con rajas. Debo confesar que tardaron siglos en llegar y al ver al joven deshebrar el queso Oaxaca me daba más hambre, por eso me paré a dar una vuelta. En ese mercado hay de todo: pozole, elotes, pancita, tamales, tlayudas, jugos y aguas frescas. Yo decidí comprar una agua de limón con chía y me sorprendió la señorita al decirme “En qué puesto está comiendo, yo se la llevo en cuanto esté lista”. Wow que modernidad, pagué y regresé a mi lugar para encontrarme con la comida lista.

Las quesadillas eran una delicia, la masa era crunchy por fuera pero suave en su interior y el sabor tanto del huitlacoche como de la tinga eran deliciosos. Eso, en combinación con crema y muuucha salsa, hicieron que la cruda fuera de lo mas llevadera. Mi michelada fue un deseo frustado pero mi agua era fresca, ácida y dulce al mismo tiempo. Mi mamá y yo no nos dirigimos la palabra en 15 minutos… las razones eran obvias.

Al acabar, decidimos que tanta travesía merecía un buen postre, por eso fuimos con un joven que vendía buñuelos. Era tan grande que lo partió con su mano, lo metió a una bolsa de plástico y ahí mismo le agregó una salsa recién hecha de piloncillo con guayaba.

Ir a Coyoacán a comer es una experiencia que ningún chilango puede perderse. Si van con hambre, les aseguro que hay un lugar para todo tipo de antojo y si tienen poco dinero y están crudos… qué mejor.

Por: Andrea Sánchez Hernández

Captura de pantalla 2015-10-01 a la(s) 5.29.12 p.m.

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